Con una estufa y unas pocas mesas dispuestas en línea junto a la muralla.
Pedías un té con limón, y yo un café con leche,
y los bebíamos entre conversaciones fútiles y corrientes frías que entraban
con cada abrir y cerrar de la puerta de entrada.
De pronto sin decir adiós, tomaste tus cosas y seguiste rumbo,
yo me quedé bebiendo mi café y saboreando los restos
de la torta de piña que dejaste en el plato a medio terminar.
Y observando el vaivén de la puerta que aún se balanceaba por tu abrupta salida
veía tu rostro arrugarse al tiempo que tus cabellos caían uno a uno
desde tu redonda y menuda cabeza.
De pronto ya no sabía si tus ojos eran azules, o de un verde marino.
Si era amarillo tu cabello como el trigo, o como la hierba seca de los cerros.
Si el té era con limón o con pomelo, o si acaso era café lo que bebía.
Si el té era con limón o con pomelo, o si acaso era café lo que bebía.
Si la torta era de piña o quizás de chocolate.
Si escuchábamos a La Rue Morgue o Los Santos Doumont.
De pronto advertí que ya no sabía si eras un recuerdo
o el recuerdo borroso de un recuerdo.