Te conocí orgullosa.
Sencilla
Casi casi como antes que yo lo hicieron tantos.
Te conocí cuando aún vivía del pecho de mi madre.
Cuando no podía distinguir un cuervo de un escritorio.
Te conocí indómita.
Como aquellos que por años te defendieron
Y te amaron al punto de darte nombre.
Te vi cautiva,
Ultrajada.
Pero aún así,
No había chimenea ni hoguera
Capas de maltratar tu singular encanto.
Solía escuchar las historias del abuelo de mi padre
Sobre tiempos que según fueron mejores.
Afortunado me siento de tener por vivencia
Aquello que muchos reciben como experiencia
De historias narradas.
De cada travesura
De conocer al huaso "incluso"
Y haber vivido en los tiempos del Penano.
De cada cicatriz en los codos y en las rodillas peladas.
Y de cada manzana robada
Tantas como caben en el dobles de una camiseta talla 12.
Estuve de pie en tus aguas, cuando eran sólo agua y no azufre.
Estuve parado en los cerros que bordeaban aquel desolado páramo
Con 5 o 6 cruces, que invitaba al reposo.
Y como olvidar aquellas calles que me dejaban abrazar la tierra.
Ahora te veo solitaria.
Envejeces en vidas perras,
Sin compasión ahogada en el incesante tic-tac del abandono.
Tu aroma a campo desaparecido
Deglutido por ese olor a cacho quemado,
Aliento del diablo y con algo de celulosa y cuanta cosa se vuelva blanca.
No reconoces ni a tus hijos más ancianos.
Uno a uno han muerto a tus pies,
Y cada cruz tiene 13 nombres grabados.
Agonizante existencia te espera por siglos
Y yo aquí haciendo crónica de una muerte anunciada.
¿Qué castigo merecemos por semejante afrenta?
Matarnos mil veces parece un acta benevolente
Desproporcionada a semejante delito.
Cegados nos fuimos de ti buscando las delicias exóticas
Y no supimos hacer mermelada de tus frutos
Miel de tus flores
Sólo verte hundida en este pozo parece suficiente flagelo a este crimen
Agonizante
De brazos atados y lenguas cortadas
Caminaremos mañana por tus calles pavimentadas
Tus cielos prostituidos
Y los antiguos rieles en los que llega el invierno.
Ese que nunca será igual.