martes, 21 de septiembre de 2010

Hojas de Invierno

Estoy reducido a amar sin alegato a una mujer despreciable
Algo como mi pseudo-víbora.
Día y noche me tiene sujeto a ella sin permitirme un sólo respiro.
Me he visto viviendo y actuando por ella, todo lo que escribo lo he invertido en agradarla
Sólo para recibir unas palabras amables y una que otra caricia suave, vulnerando mi piel.
Nada más que por simple cortesía.
La muy venenosa me despierta en la mañana solamente para comenzar a servirle
Y si duermo en las noches es sólo por el digno favor que me brinda
Con la condición de que cada estrella dibujada en el techo de mi cráneo sea con el grabado de su maldito nombre.
Ya no tengo voluntad, no puedo hablar con otras mujeres, ni mucho menos escucharlas
Si tengo ojos sean solamente para admirar el fulgor maravilloso de sus labios
Y que sirvan los míos para soñar que los tocan a la distancia infinita que se para a una doncella de su lacayo.
No me permite relacionarme con nadie y si por esclavo me tomo me hace ver que es una condición
Tomada por mutuo acuerdo y sin acero de por medio.
Las días son calvarios insufribles
A veces a escondidas mando una que otra carta y a veces tres golondrinas para alguna que otra chiquilla
Pero no puedo negar que cada palabra y cada trago de esta agridulce ambrosía
Nace del incorruptible recuerdo que entre mis sesos se esconde de su dulce rostro
Chocando con las paredes de mi cráneo
E impidiéndome un sólo grado de cordura.
No puedo negar que es ciertamente agradable esta tortura perpetua que voluntariamente recibo
Como si pudieran los esclavos flagelarse a sí mismos
La culpa no es del chancho, pero espero en los próximos días tener el valor
De por lo menos tomar su mano.
Eso si es que recuerdo su nombre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario