lunes, 30 de agosto de 2010

Viejito




Te vi en cuanto puse pie en la entrada de la boti. “Pobre viejo” fue lo primero que pensé, mientras veía que acercabas, probablemente por enésima vez, aquél cartón color violeta a tus labios igualmente empapados. En otro momento quizás me hubiese puesto a divagar acerca de tus historias, tus derrotas, tus vergüenzas. Pero el cansancio acumulado durante la jornada semanal, los vasos de cerveza con los amigos y las peleas con Margarita habían terminado por socavar mis narraciones extraordinarias, como solía llamar ella, nunca sin ironía, a las derrotadas hojas llenas de garabatos que yo arrojaba de tanto en tanto a la basura.
No fue sino hasta que estabas a medio metro y podía sentir el dolor tinto de tu embriaguez que me percaté que también me habías observado desde mi entrada el sucucho. Sin embargo, tus ojos de beodo desorbitados contrastaban con mi serena mirada de extrañeza. Padeciendo el dolor de las heridas de tu innoble guerra con la gravedad, recuerdo que pusiste una mano sobre mi hombro, como si hubiésemos sido antiguos camaradas, amigos entrañables con un universo propio de sucesos compartidos, de los cuáles nos acordaríamos con la melancolía e imprecisión propias del recordar. Pero recuerdo bien, si es que tal cosa se puede hacer, que muy calladamente me susurraste algo al oído.
- “Oye… yo no soy fleto, pero si querís vamos para atrás y…”
Como debes haber visto, sonreí. Y por más que intento evocar el por qué, sólo aparecen coartadas inventadas por la divagación racional, improvisadas respuestas destinadas a construir puentes imaginarios sobre las lagunas amnésicas de la memoria. Quizá sonreí porque la situación me pareció irreal. Quizá sonreí al intentar imaginarme el antiguo cajón desde dónde sacaste las agallas para estrellarte voluntariamente contra un muro de ladrillos. Quizás incluso porque me sentí afortunado, que de todos los mozos indómitos que llenabábamos ruidosos el local elegiste acercarte a mí. Pero, viejito, de lo que estoy seguro es que no sonreí por el motivo que tú querías. Fallaron tus cálculos: tu instinto fue inútil, tus agallas traicioneras, tu olfato inexistente y tus rodillas vacilantes. Pero tranquilo, no podía ser de otra forma. ¿Dónde se ha visto, te pregunto, que las gacelas se entreguen felices y galopantes a las miras de los cazadores?
Pero viejito, pobre viejo, puedes echarle la culpa al vino y a la soledad, los eternos Judas de lo prohibido y condenado por palabra, de lo suprimido y abolido por decreto, que con un beso traicionero te entregaron sonrientes a los impulsos vedados que corrían clandestinos por los recovecos de la reminiscencia fortuita y aleatoria. Hubo una parte de mí que no quiso mirar como tus arrugas dibujaban la derrota y decepción miré para otra parte mientras me deshacía, con enfático desprecio, de tu más que amistosa mano. Pero también hubo otra parte que gozó descarada y obscenamente de ese momento, que no sintió vergüenza ni remordimiento al reírse de tu magro intento por seducirme, incluso horas después de que emprendieras la retirada por los sinuosos caminos del deshonor hacia los oscuros y polvorientos rincones del boliche.

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