
Ella vivía en Love Street, la calle iluminada por altos faroles, y rodeada de una desoladora y encimismante oscuridad perpetua.
Ella vivía en Love Street, en el apartamento número "soledad" que se hayaba junto a una habitación de pequeños simios y juguetones olvidos.
Ella vivía en Love Street, en su ventana tenía una mazeta de hermosas flores secas, que regaba a diario con indiferencia sutil y rayos de Sol del alba.
Ella vivía en Love Street, cada noche usaba a la Luna como espejo y cepillaba su cabello doscientas veces, mientras se tragaba una lágrima (él la miraba impotente).
Ella vivía en Love Street, donde cada Mécredi pasaba un vástago de fe, cargado de flores de esperanza en una mano y arrastrando sus pies, unidos por grilletes de realidad ( o aceptación, era difícil notar la diferencia desde la lejanía) y dejaba una tarjeta bajo su ventana (él se asomaba).
Ella vivía en Love Street, cada noche salía a caminar con su rostro que radiaba una luz irónica para alumbrar las calles, arrastrando la mirada y pisándose los talones al compás de sus serenatas inexistentes (él la acompañaba).
Ella vivía en Love Street, colgando palomas en el dindel de su puerta, como pretendiendo espantar al visitante que llegaba con su racimo de augurios.
Ella vivía en Love Street, en una casa con barrotes nuevos y un visitante que se trepaba por las paredes de sabor cítrico, escupiéndo sus ultimos suspiros para empañar sus ventanas.
Ella vivía en Love Street.
Ella se mudó,
él se petrificó.
Roca pérfida.
Yace junto a su casa en Love Street.
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